Viernes
3 de Abril de 2026
9 de marzo de 2025
Edhasa acaba de publicar “Diccionario del bibliómano”, del italiano Antonio Castronuovo, un recorrido por los recovecos de la historia, entre ladrones, obsesivos y acumuladores empedernidos
Se cree que el mayor bibliómano de la historia fue Antoine-Marie-Henri Boulard: algunos dicen 600 mil libros, otros 800 mil. Era un escribano que fue escalando posiciones polÃticas hasta ser alcalde de uno de los municipios de ParÃs en tiempos de Napoleón. “Época de grandes revoluciones, expropiaciones, secuestros y robos: entre las cuales Boulard se movió ágilmente salvando enteras bibliotecasâ€, escribe Castronuovo. TenÃa mucha plata y fue comprando casas, alrededor de diez, para guardar libros. Cuando murió en 1825, sus herederos pusieron todo a la venta: hicieron varias subastas entre 1828 y 1832.
No hace falta tener mucha imaginación para que se nos aparezca, ahora, de golpe, las librerÃas de ParÃs, los bouquinistes de la capital francesa con una inyección violenta e incomesurable de tÃtulos. Fue tal la cantidad que el precio de los libros bajó de forma abrupta y asà se mantuvo durante años. “La obsesión de un coleccionista calmó al mercado en desventaja de los libreros, pero permitió a muchos lectores comprar libros a pocos francos, con evidente ventaja para la cultura de una ciudad y de un puebloâ€.Como el tÃtulo lo indica, el libro de Castronuovo es un diccionario en el sentido que va de la A a la Z. Son pequeñas postales históricas, escenas casi teatrales e ideas sobre el mundo de los libros. El ensayista y traductor italiano nacido en Acerenza en 1954, autor de libros como Suicidi d’autore, Macchine fantastiche y Alfabeto Camus, puede irse hasta el fondo de los tiempos o resucitar una noticia no tan amntogua, como la de Stephen Blumberg, que llegó a robar 20 mil libros raros y 10 mil manuscritos. Cuando lo agarraron, muchas bibliotecas públicas ni se enteraron que les faltaban.A la escritora inglesa Jeanette Winterson los padres le habÃan prohibido la lectura. Eran “severos predicadores pentecostalesâ€. Si ante la prohibición el deseo se dispara, ella encontró la forma de ocultarlos: bajo el colchón. Y sacó la cuenta: los que eran pequeños, edición de bolsillo, dispuestos de forma horizontal, entraban setenta y siete. “La historia terminó en el peor de los modos: la cama aumentaba demasiado en altura, la madre se dio cuenta, descubrió los libros y los quemó, uno por unoâ€. No sirvió de mucho: al dejar su casa paterna, Winterson se dedicó a la literatura.
“Quien posee millares de libros ha leÃdo a lo sumo un décimo, incluso si los ha hojeado distraÃdamente a todos. La biblioteca privada es, en efecto, un instrumento de investigación, por lo cual los libros acumulados valen más que aquellos leÃdosâ€, sentencia el escritor italiano. “Quien está enfermo de libros junta muchos más de los que podrá jamás leer, haciendo de su propia biblioteca un organismo desmesurado. Y nunca se advierte cuánto pesa la cultura sino cuando se cambia de casa y hay que llevarse consigo los libros amadosâ€, agrega.“En el Ochocientos no se imprimÃan los millones de libros por año que se imprimen ahora y alguien podÃa entonces acariciar la idea de poseer un ejemplar de cada libro existente en el mundoâ€, escribe el autor e impone la distancia precisa del tiempo: un trazo grueso de dos eras, la nuestra y la que apiló la historia previamente. Las bibliotecas ya no gozan de un prestigio masivo, sino que ocupan un lugar de nicho. Si antes una persona influyente en términos polÃticos debÃa tener cierta impronta intelectual, hoy la cualidad de lector genera indiferencia, sino apatÃa, disociando ambos planos.Si bien Diario del bilbilómano es un una caminata por los recovecos de la historia, Castronuovo le tira algunos guadañazos al presente. Le discute al ebook su publicidad mesiánica: “Tal lectura ocurre de a trocitos y bocados: conozco pocas personas que hayan leÃdo un entero libro electrónico, solo alguna fachada inicial y luego pantallazos aquà y allá, según una miseranda práctica epigráfica (...) En todo caso, la ebookmanÃa es de prognosis infausta: los enfermos no tienen esperanza de curación y en general acaban sus dÃas en modo mezquino, balbuceando frases delante de un blogâ€.¿Nostalgia? Puede ser. ¿Resistencia al abrazo acrÃtico del futuro? También. Las historias que se narran en este libro nos recuerdan un mundo que no caducó, que sigue acá, en los cimientos de la cultura, en el pasado compartido, en la memoria colectiva. Un mundo que parece alejarse lentamente, difuminarse como una foto avejentada, pero que lejos está de desaparecer, de morirse, de quemarse en el basural del olvido. Al fin de cuentas, la bibliomanÃa es una obsesión. Y “demasiada es la locura —dice Castronuovo— que se coagula en torno a esa cosa, amada y detestada, que se llama libroâ€.