Pesic, el marinero yugoslavo que fue el "perejil" perfecto de la Bonaerense
Mayo de 1978. En un país sojuzgado por la dictadura y a semanas del comienzo del Mundial de Fútbol, el crimen de Mirtha Godoy -"alternadora" en una whiskería de Necochea- pasó del silencio a las tapas de los diarios gracias a dos periodistas que no creyeron la versión oficial de la policía.
Los tipos comentaron algo antes de soltar una sonora carcajada. Esa risa hizo que, desde una mesa aledaña, un hombre se fijara en ellos; luego volvió a concentrarse en su vaso de vodka.
Era la madrugada del 8 de mayo de 1978, y allÃ, en la whiskerÃa “Elsaâ€, de Necochea, no habÃa otros clientes.
El primer signo del asunto fue auditivo: un griterÃo que provenÃa de la mesita del fondo. La discusión entre los dos tipos y sus acompañantes pasó a las manos, en medio de insultos y alaridos.
Fue entonces cuando Pesic decidió intervenir. Pero, de pronto, a mitad de camino, vio las estrellas, antes de que todo se le oscureciera. En realidad, un botellazo habÃa estallado en su mollera y cayó de bruces.
Quien sabe cuánto tiempo tardó en recuperar la conciencia. La cuestión es que, al abrir los párpados, vio el cadáver despanzurrado a puntazos de la mujer que habÃa bailado en la tarima. La otra, con heridas leves, gemÃa. Rápido de reflejos, Pesic puso los pies en polvorosa.
Ya clareaba cuando llegó al muelle. Y con premura, intentó alcanzar la escalerilla del barco, cuando varias manos lo tomaron por atrás, en medio de órdenes e insultos. Esposado por la espalda, lo arrojaron a un patrullero que lo condujo a la comisarÃa 1ª de Necochea. Esa fue la primera escala de su pesadilla.
Todo está guardado en la memoria
Todo indica que los policÃas querÃan resolver el caso lo más rápido posible. Y no malgastaban el tiempo. A tal efecto, lo tenÃan Pesic –aún esposado y ya con un ojo en compota– en una silla, ante unan lámpara que lo enceguecÃa.
Para que no se cayera del asiento, dos agentes lo sostenÃan, mientras el comisario Gerardo Arias –a quien esta trama le darÃa una módica celebridad– lo ametrallaba con preguntas. Por respuesta, el detenido sólo balbuceaba frases incomprensibles, ante las cuales el comisario insistÃa cada vez con peor talante.
Al principio, el asesinato de la copera Mirtha Noemà Godoy, de 21 años, y las heridas a la “madama†Rafaela Villavicencio, de 42, tuvieron una escasa repercusión; sólo el diario “El Atlánticoâ€, de Mar del Plata, se ocupó del tema, mientras la prensa nacional únicamente transcribÃa algún cable de agencia.
Ocurre que, en medio de las horas muertas del encierro, el pobre Pesic se devanaba los sesos para tratar de reconstruir aquella maldita circunstancia. Y súbitamente, tuvo –dirÃase– una revelación. Entonces, sobre un papel dibujó dos rostros; eran los de aquellos dos sujetos que vio en esa whiskerÃa de mala muerte durante la noche de su desgracia.
Petcoff escrutó con ojo clÃnico una fotocopia de ese identikit tumbero, antes de pasárselo a Sdrech. El doctor Trogu los medÃa con una expresión expectante. Luego, les contó que el fiscal de la causa, Eladio Bermúdez, no tomó en cuenta este elemento de prueba, sin siquiera sumarlo al expediente.
A la mañana siguiente, fue Sdrech quien acudió a la comisarÃa 1ª. Allà fue atendido por el propio Arias, quien, con sumo beneplácito, se ufanó de su celeridad en esclarecer el crimen de Mirtha Godoy.
Pero, al serle exhibido los retratos, su actitud cambió. Y, de mala gana, sólo cinco palabras salieron de su boca:
El juicio oral –presidido por el doctor Guillermo Vallejo– apenas duró cuatro audiencias; las suficientes para sellar el destino del acusado. Entre los periodistas, claro, estaban Petcoff y Sdrech.
En una de sus crónicas, este último describió este proceso de un modo palmario: “Es un circo donde declararán 29 personas, y la única que no tiene antecedentes penales es Pesicâ€.
Petcoff, a su vez, escribió: “SerÃa injusto que algunos testigos del caso no figuren en la historia universal de la mendacidadâ€. Por cierto, no exageraba.
HabÃa uno –que se presentó como “ratero y folkloristaâ€â€“ a quien no se le movió un solo músculo del rostro al declarar haber visto desde el baño el momento “en que Pesic, muy mamado, atacaba a las mujeres con un cuchilloâ€.
Otro sujeto de averÃa, apodado “el Fisgón†–porque su fetiche consistÃa en espiar los movimientos del salón desde los agujeros del techo–, sumó a los dichos del testigo anterior un detalle: “En el momento de abalanzarse sobre las mujeres con un cuchillo, el acusado tenÃa el miembro erguidoâ€.
Por su parte, la señora Villavicencio se mostró reticente, aduciendo que “creÃa reconocer†a Pesic como el victimario.
Y se retiró sin que hubiera ninguna otra pregunta para ella.
Todos, además, coincidieron en que, al momento del ataque, los tipos que bebÃan con las vÃctimas ya se habÃan retirado. Y que tal vez eran turistas, ya que nadie los conocÃa. Ni los identificaron en los retratos que les exhibió el defensor. Y los jueces tribunal no se interesaron mayormente en ellos.
Algo, a los ojos de Petcoff y Sdrech, resultaba más que evidente: todos los testigos estaban enlazados en un mismo patrón narrativo, como si hubieran sido entrenados –quizás por la policÃa– para encubrir al autor (o autores) del asesinato de Godoy y las lesiones de Rafaela.
La clave –pensaban– estaba depositada en esas dos figuras fantasmales. Sea como fuere, el 6 de julio, Pesic fue condenado a 16 años de prisión.
Pero, de pronto, algo pasó: a comienzos de 1983 cayó en la ciudad española de Sevilla una banda de 30 argentinos por tráfico de cocaÃna. Entre ellos habÃa dos hampones de de poca monta: Carlos Alberto Farnos y Juan Hankel, oriundos de Necochea. Sus fotografÃas salieron en el diario El PaÃs.
Eran los tipos del dibujo de Pesic.
Antes de que aquello tomara estado público, el gobernador bonaerense, Jorge Aguado, le redujo la pena a la mitad, antes de conmutársela por “buena conductaâ€. Pesic partió de inmediato a su paÃs.
La medida fue dictada por las autoridades provinciales tras el endurecimiento del reclamo de los trabajadores nucleados en la Asociación Gremial de Empleados de Administración, Maestranza de Casinos (AMS), que llevaban adelante medidas de fuerza en reclamo de respuestas del Instituto de Lotería.
El acto se realizó en el Club AGP y contó con la presencia de autoridades, gremios y referentes del sector portuario. Es la primera vez que se otorgan estas habilitaciones a trabajadoras.
El sindicato STARPyH apuntó contra los responsables de la firma por incumplimientos del convenio, falta de registración adecuada y situaciones de maltrato. “No vamos a permitir que se vulneren derechos”, advirtieron.
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