Viernes
3 de Abril de 2026
15 de marzo de 2025
Era un simple instrumento para sujetar el cabello y se convirtió en una expresión de posición social en Buenos Aires y en Montevideo en tiempos poscoloniales. La intervención de Lucía María de los Ángeles Alvear de un lado del río y la rivalidad amistosa que planteó Dolores Méndez desde la otra orilla. La historia de un adorno que marcó una época
En la ciudad de la Santa Trinidad del puerto de Buenos Aires, MarÃa Josepha Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velasco y Trillo de Thomson y Mendeville, mejor conocida en la actualidad como Mariquita Sánchez de Thompson marcaba la intelectualidad y la cuestión polÃtica entre las mujeres, pero LucÃa MarÃa de los Ãngeles Alvear era conocida por imponer tendencias de la moda en la ciudad y la campaña. Hija de una familia nobel y principal, solÃa pasear por la Plaza de la Victoria con su peinetón decorado con motivos de flores y hojas, tan alto que casi rozaba el borde de los faroles coloniales. Las costureras de la época tenÃan que rediseñar los vestidos para que las damas pudieran mantener el equilibrio bajo el peso de sus adornos. LucÃa no solo mostraba su peinetón con gracia, sino que también entendÃa el poder que este le otorgaba. Durante las tertulias en el salón Literario de Marcos Sastre, LucÃa hablaba apasionadamente sobre el futuro de la moda y la importancia de que las mujeres fueran dueñas de su imagen. Era consciente de que su peinetón, con su intrincado diseño de mariposas en vuelo, no solo era una muestra de elegancia sino también una declaración polÃtica: las mujeres también podÃan ser protagonistas en la sociedad.
Ahà entra en escena un señor cuyo apellido demostrará su hombrÃa: Masculino. Don Manuel Mateo Masculino López fue oficial peinero en el taller de Lorenzo Mailliet en La Coruña y según las actas se recibió de peinetero el 17 de diciembre de 1789. Ya entrenado en la fabricación de matrices para peines y peinetas de marfil, carey y ébano se fue a Cádiz donde aprendió a moldear con destreza, pero para nuestro entonces trabajaba sobre las astas del ganado para armar marcos para las embarcaciones de ultramar y fabricaba tragaluces para los navÃos. En abril de 1823 llegó al puerto de Buenos Aires, donde montó una fábrica de peines de marfil y peinetas de carey, con 120 operarios y dos locales de venta. La competencia entre las damas de la sociedad fue terrible. Los peinetones fueron cada vez más altos y más largos; lo que causaba gran dolor de cuello y problemas cervicales. Cabe recordar que el peinetón muchas veces iba cubierto por muselina o encaje, lo que hacÃa que, con una leve brisa, fuera como un muro contra el viento y la mujer debÃa tomarlo por detrás para no caer o para evitar que al salir “volando†no le arrancara parte del cuero cabelludo. LucÃa tuvo su propia experiencia incómoda. Durante un baile de carnaval, un admirador, en un intento de llamar su atención, tropezó con su vestido y derribó su peinetón al suelo. Aunque el incidente fue embarazoso, LucÃa lo manejó con gracia: declaró que “hasta la caÃda de una peineta puede ser elegante si se lleva con dignidadâ€.Hacia 1834, Masculino logró sus mejores peinetones, con dibujos e incrustaciones que revelan sus condiciones técnicas y aptitudes artÃsticas. Estos peinetones solÃan llevar leyendas alusivas, y durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas muchos exhibÃan su retrato. A raÃz de la cantidad de carey y de marfil que se utilizaba, el precio subió estrepitosamente en el mercado, por culpa solo de la moda del RÃo de la Plata. Y mientras don Manuel Mateo Masculino López se enriquecÃa, su esposa MarÃa de Jesús Escudero, su hijo Manuel Bernardino y sus hijas Marta, Adela, Margarita, se daban el lujo de poder ser retratados por Charles Henri Pellegrini. Este último, juntamente con César Hipólito Bacle y las miniaturas de Jean-Philippe Goulu, fueron los que más retrataron la época de los peinetones en la ciudad de la Trinidad.Como dijimos anteriormente, el peinetón era una costumbre rioplatense, por tanto en Montevideo, Dolores Méndez, una joven maestra de escuela, admiraba a LucÃa desde la distancia. HabÃa escuchado historias sobre la gran dama de Buenos Aires y su colección de peinetones, y aunque su situación económica no le permitÃa adquirir los mismos lujos, Dolores tenÃa un don para la creatividad. Empezó a fabricar sus propias peinetas utilizando materiales locales. En lugar de marfil o carey, empleaba madera de jacarandá y decoraba las piezas con motivos indÃgenas. Su fama creció rápidamente, y las mujeres montevideanas comenzaron a lucir peinetas más grandes y audaces que las de sus vecinas porteñas.
Esto dio lugar a una especie de competencia amistosa entre ambas ciudades. En las cartas que cruzaban el RÃo de la Plata, las damas intercambiaban ideas y comentarios sobre las últimas tendencias. “Tu peinetón de nácar es hermoso, LucÃa, pero demasiado ostentoso para mi gusto. Aquà preferimos algo más naturalâ€, escribÃa Dolores. “Tal vez, querida Dolores, si vinieras a Buenos Aires, entenderÃas que la ostentación también es arteâ€, respondÃa LucÃa con humor. Sin embargo, no todo era glamour. Al igual que en la ciudad de la santa Trinidad, en Montevideo el uso de peinetones gigantes también traÃa consigo desafÃos prácticos. Las mujeres debÃan aprender a moverse con cuidado para evitar que las peinetas se enredaran en ramas de árboles o techos bajos. Los carruajes tuvieron que ser rediseñados para permitir que las pasajeras con peinetones viajaran cómodamente. En una ocasión, durante una recepción en la casa del gobernador de Montevideo, Dolores quedó atrapada bajo una lámpara de araña, lo que provocó risas nerviosas y un sinfÃn de anécdotas posteriores.Hacia finales de la década de 1830, la moda de las peinetas gigantes comenzó a declinar. Los estilos europeos, más sobrios y prácticos, empezaron a influir en las costumbres del RÃo de la Plata. Sin embargo, el legado de las peinetas y peinetones gigantes perduró.
LucÃa y Dolores, ya mayores, siguieron en contacto, recordando con nostalgia los dÃas en que las peinetas eran el centro de atención. “¿Te acuerdas de aquella vez que tu peinetón quedó atrapado en la lámpara del gobernador?â€, escribÃa LucÃa en una carta. “Nunca lo olvidaré, querida amiga. Fue entonces cuando comprendà que el arte, como la vida, requiere valentÃaâ€, respondÃa Dolores. La moda de las peinetas y peinetones gigantes fue más que una tendencia pasajera; fue un reflejo de una época de cambio, creatividad y conexión entre dos ciudades hermanas. A través de estos adornos, las mujeres de Buenos Aires y Montevideo encontraron una manera de expresarse, de desafiar las normas y de dejar su marca en la historia.