Juan Lavalle: el hombre que con la misma pasión hizo el amor y la guerra
El campo de batalla fue su mundo. Antes de los 15 años ya era cadete del Regimiento de Granaderos; a los 16 ascendió a teniente; y a los 19 cruzó los Andes con San Martín. Pero también lechos propios -y ajenos- fueron otros de sus campos de batalla. Hasta en la última, cuando en Jujuy murió desangrado junto a su joven soldadera, Damasita Boedo.
A partir de entonces, su carrera militar y polÃtica fue ascendente.
En 1828 derrocó al gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, antes de vencerlo en la batalla de Navarro y ordenar su fusilamiento. En aquel entonces, Juan Bautista Alberdi, un muchacho de de apenas 18 años, seguÃa con suma atención el desarrollo de los acontecimientos.
Las luchas por la independencia llevaron a Lavalle hasta Ecuador, donde combatió en las batallas de Riobamba y Pichincha. Lo cierto es que Lavalle creÃa estar bendecido por la Providencia. Semejante pálpito se derrumbó como un castillo de naipes al ser derrotado, dos años más tarde, por el general Manuel Uribe en la batalla de Faimallá, en Tucumán.
San Salvador era la viva imagen de la desolación y el presagio. Lavalle y los suyos encontraron refugio en el viejo caserón de la familia Zerranuza, abandonado unos dÃas antes por el delegado unitario, ElÃas Bedoya, ahora en desaforada fuga.
El general y Damasita se instalaron en el dormitorio que enfrentaba al segundo patio. FrÃas y Lacasa, en una habitación pegada al zaguán. Otra fue ocupada por los dos oficiales. Y los soldados se tendieron en el primer patio. Menos el centinela, apostado junto al portón de cedro macizo.
FrÃas se apresuró en partir en su cabalgadura por la salida posterior para avisar a Pedernera lo que sucedÃa. Sin embargo, sufrió una demora por eludir la posición de la patrulla atacante.
Aquellos mismos estruendos hicieron que Lacasa, aún en los palenques, volviera sobre sus pasos. Lo que vio en el siguiente instante quedarÃa grabado para siempre en sus retinas: Lavalle despatarrado en el zaguán con la garganta destrozada en medio de un charco de sangre, y las convulsiones del final. A centÃmetros de la mano izquierda yacÃa su pistolón.
Algunos soldados rodearon el cuerpo. Otros estaban ante el portón con los ojos clavados en la cerradura rota que uno de ellos señalaba con un dedo. La escena parecÃa congelada. Y sin palabras se dio por sentado que un balazo de tercerola la habÃa atravesado para impactar en el cuello del general.
Su cadáver quedó en el caserón, mientras la tropa reiniciaba el repliegue hacia el Alto Perú. Pero, súbitamente, Pedernera detuvo la marcha y mandó a dos soldados y un teniente a rescatarlo. Ellos volvieron con el muerto cargado en su caballo. Un poncho le hacÃa de mortaja.
Como cuando –aún muy afectado por la derrota de Quebracho Herrado– se recluyó en una hacienda de Catamarca para compartir con la bella Solana Montemayor –esposa del gobernador riojano, Tomás Brizuela– cuatro dÃas y noches sin salir de la cama, mientras sus oficiales, desesperados, iban y venÃan de un lado a otro de la puerta a la espera de instrucciones.
En aquella circunstancia, FrÃas le dijo a Pedernera:
–La causa de la libertad, señor coronel, se pierde por las mujeres.
Es posible que FrÃas evocara tal diálogo durante esa mezcla de huida lenta y procesión fúnebre. Y quizás entonces haya volteado la vista hacia el caballo cargado con el cuerpo del general bajo una nube de moscas. El sol abrasador no favorecÃa su conservación.
Damasita cabalgaba a una distancia prudencial. FrÃas enfocó su mirada en ella.
La travesÃa fue tortuosa. Por su avanzada descomposición, al cuerpo de Lavalle hubo que desencarnarlo en el poblado de Huancalera. Pero los huesos –debidamente lavados–, la cabeza –envuelta en un pañuelo muy ajustado– y el corazón –sumergido en aguardiente– fueron llevados a fines 1842 a la ciudad trasandina de ValparaÃso.
Fue precisamente allà donde Juan Bautista Alberdi supo los detalles del final de Lavalle por boca de FrÃas.
Ambos por entonces estaban exiliados en Chile.
Damasa jamás volvió a Salta. Y murió con su secreto en 1880.
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